
“¿Qué sucede con nosotros cuando morimos?” Preguntaba aquel niño de los ojos oscuros llamado Luis a Alberto “No lo sé, supongo que todo termina”, fue lo único que pudo responderle pues él, en muchas ocasiones, se ha preguntado eso mismo. No ha podido entender el por qué o el para qué de la existencia si terminamos todos, tarde o temprano, muriendo. Ambos estaban sentados en una banca, una gran banca de madera que contaba historias de antes con tan sólo verla. Era un día soleado y no había más ruido que el del viento y hojas que pasaban por entre las rocas del camino que les recordaban eran parte, ellos también, de ese ciclo.
De pronto Alberto habló. “¿Sabes? Yo me he preguntado lo mismo que tú en varias ocasiones y nunca he encontrado la respuesta, supongo que quizá no haya alguna. Hasta ahora no hemos podido comprobar que exista una vida después de la vida. Creo que en nuestro intento por mantener vivos a aquellos seres a quienes hemos amado mucho, creamos mitos, tradiciones, incluso hay quienes han afirmado que algunas personas, después de muertas, siguen deambulando por donde solían. Yo no sé qué suceda con nosotros una vez muertos, lo que sí te puedo decir es que mientras estés vivo, disfrutes al máximo cada vivencia: buena o mala; ¿sabes? Hemos venido a este mundo a aprender y cualquier experiencia que tengas por seguro te dejará una lección”. Luis escuchaba atento cada una de las palabras de su hermano quien intentaba responder de la mejor manera ya no a la pregunta de su hermano, si a su pregunta. “Alguna vez escuché una frase de una persona que estuvo viva en este mundo hace muchos años, Leonardo da Vinci, que decía que mientras él intentaba aprender a vivir se dio cuenta de que en realidad estaba aprendiendo a morir; ¿Crees que estemos aprendiendo a morir, viviendo?”. Alberto también había escuchado esa frase y le pareció interesante que su hermano la citara. “¿Venimos a este mundo a morir, viviendo?” se escuchó a sí mismo. “Durante muchos años –comentaba Alberto- varias culturas veneraban a la muerte, de hecho, muchas de ellas se preparaban durante toda su vida para ese acontecimiento pues, creían en la vida después de la muerte. Es interesante, si realmente te pones a pensar en eso, cómo la vida se va a cada segundo que pasa. Quizá todo lo que nos hemos inventado: culturas, tradiciones, etc. sólo sean para retrasarla o no pensar en ella”. Siempre le había parecido que la vida, en sus momentos más filosóficos del día, era un juego que, en muchas ocasiones, no tenía sentido pero, ¿cómo encontrarle el sentido si nadie sabe para qué existe? Estamos todos inventando las reglas, aunque muchos se quedan en el intento o… muchos mueran por ello.
“Pero si es un juego, ¿por qué no siempre podemos hacer lo que queramos?” le preguntaba Luis quien al parecer se confundía más y más y no encontraba la solución a su problema. “La humanidad, es decir, nosotras las personas, tenemos existiendo miles de millones de años y este juego se inventó con la aparición del hombre mismo, es decir, hemos nacido, crecido y desarrollado en un mundo que ya está dado. Pero eso no significa que no puedas ser capaz de crear algo nuevo o cambiar ciertas reglas, todas las personas tenemos infinidad de capacidades, está en ti si las desarrollas o no. En muchas ocasiones nos han dicho a todos que sólo los poderosos pueden generar cambios, yo creo que no. Eres libre de crear con tu vida y existencia cuanto quieras”, comentaba Alberto. El tiempo, sin sentirlo, se había pasado y lo que era un día soleado comenzaba a tornarse oscuro, el día comenzaba a morir para darle vida a la noche. El viento era más frío, se podía sentir en cada uno de sus poros. Una que otra persona pasaba por donde ellos caminando como si fueran máquinas vivientes, sin expresión en el rostro, sin mirar a ninguna parte, como si estuvieran “muertos en vida”, como solía decir Luis en ocasiones. “¿Cómo te gustaría ser recordado cuando mueras, Luis?”, de pronto le preguntaba Alberto a Luis. “Nunca me he puesto a pensar en eso –respondió un poco triste-, supongo que únicamente me recordará la gente que me quiso, aunque quiero hacer grandes cosas y ser como sólo pocos, por desgracia, han sido. Quiero hacer tantas cosas con el mundo. En ocasiones me gustaría que todo el mundo se despertara y se sintiera feliz por ese sólo hecho. ¿Sabes? Me gustaría que la gente me recordara por lo que fui para ellos, nada más. Si te dijera cómo quisiera que pensaran sobre mí no sería objetivo, mejor que cada quien hable de mí como me percibe. Y a ti, ¿cómo te gustaría ser recordado?”. Alberto tampoco se había puesto a pensar en eso, él mismo había olvidado ya a muchas personas que murieron en el pasado, ¿sucedería lo mismo con él? “No lo sé, Luis. Ahora que lo comentas, pienso de la misma manera que tú, aunque supongo, en algún momento, seremos olvidados como muchas otras personas. Es parte de la evolución, nada es eterno”.
“¿Qué sucede con nosotros al morir?” preguntaba Alberto ahora al parecer no a Luis, sino al viento como esperando éste le respondiera algo. “Creo que físicamente desapareceremos, es un hecho, no somos especiales sólo por el hecho de que podemos pensar o razonar como otras especies no. No sé si haya una vida después de ésta y, sinceramente, no quiero perderme de esta para ir a investigar esa otra, ya llegará el momento en el que sólo yo, tú y cada uno de nosotros descubramos ese misterio, porque eso sí, no podremos venir al mundo de los mortales a contarles eso que estamos viviendo. Quizá, como alguna vez dijo Leonardo da Vinci estemos aprendiendo a morir, pues entonces vamos a ser expertos, disfrutemos cada segundo de vida, a cada persona con la que estemos, dejémonos de agobiar por situaciones que no significan nada. –Luis escuchaba atentamente y a cada palabra, era una reflexión- Es muy cierto eso de que la vida es como realmente te la tomas, todos hacemos de nuestra existencia lo que queremos”. Ahora la mirada de Luis Alberto era más clara, parecía que había encontrado la respuesta. De pronto, el viento comenzó a soplar con más fuerza, las aves volaban de un árbol a otro, algunos perros caminaban por las calles hacia ninguna dirección, todo parecía haber tomado su rumbo.
La noche, ahora en todo su esplendor y con la luna de testigo como lo había hecho desde siempre, cubría con su manto y frescura a Luis Alberto quien seguía sentado en la banca pensando en la vida, su vida…quien parecía no estar gobernado por el tiempo, sólo estaba disfrutando, viviendo…muriendo de la mejor manera: viviendo al máximo, percibiendo con todos los sentidos, respirando como nunca antes, viviendo como sólo pocos pueden hacerlo.
Como humanidad hemos estado en la búsqueda de respuestas, aunque quizá las respuestas no sean nada diferente a las preguntas. ¿Por qué no simplemente disfrutar y vivir? ¿Crear y sentir? La vida es lo que nosotros queramos que sea, no como nos han contado que es o tiene que ser. Ciertamente vivimos en un mundo que ya está dado pero, ¿acaso no somos capaces de cambiar nuestra realidad?
Quiero dedicar este escrito a todos aquellos valientes, seres vivos y que lo demuestran, que despiertan cada día agradecidos por el simple hecho de ser y estar vivos. A todos aquellos que, a cada paso, dejan su huella no sólo en el camino, sino en la vida de muchas más personas que, seguramente, les mantendrán vivos por los siglos de los siglos. También a todos aquellos que físicamente no se encuentran entre nosotros, a esos valientes que con sus vidas nos dejaron enseñanzas, experiencias, vivencias, su esencia. Siguen, de una manera especial, vivos en nosotros.
Feliz día de muertos, porque eso sí, esta celebración sólo es para los que estamos vivos.
Luis Mirkovich
De pronto Alberto habló. “¿Sabes? Yo me he preguntado lo mismo que tú en varias ocasiones y nunca he encontrado la respuesta, supongo que quizá no haya alguna. Hasta ahora no hemos podido comprobar que exista una vida después de la vida. Creo que en nuestro intento por mantener vivos a aquellos seres a quienes hemos amado mucho, creamos mitos, tradiciones, incluso hay quienes han afirmado que algunas personas, después de muertas, siguen deambulando por donde solían. Yo no sé qué suceda con nosotros una vez muertos, lo que sí te puedo decir es que mientras estés vivo, disfrutes al máximo cada vivencia: buena o mala; ¿sabes? Hemos venido a este mundo a aprender y cualquier experiencia que tengas por seguro te dejará una lección”. Luis escuchaba atento cada una de las palabras de su hermano quien intentaba responder de la mejor manera ya no a la pregunta de su hermano, si a su pregunta. “Alguna vez escuché una frase de una persona que estuvo viva en este mundo hace muchos años, Leonardo da Vinci, que decía que mientras él intentaba aprender a vivir se dio cuenta de que en realidad estaba aprendiendo a morir; ¿Crees que estemos aprendiendo a morir, viviendo?”. Alberto también había escuchado esa frase y le pareció interesante que su hermano la citara. “¿Venimos a este mundo a morir, viviendo?” se escuchó a sí mismo. “Durante muchos años –comentaba Alberto- varias culturas veneraban a la muerte, de hecho, muchas de ellas se preparaban durante toda su vida para ese acontecimiento pues, creían en la vida después de la muerte. Es interesante, si realmente te pones a pensar en eso, cómo la vida se va a cada segundo que pasa. Quizá todo lo que nos hemos inventado: culturas, tradiciones, etc. sólo sean para retrasarla o no pensar en ella”. Siempre le había parecido que la vida, en sus momentos más filosóficos del día, era un juego que, en muchas ocasiones, no tenía sentido pero, ¿cómo encontrarle el sentido si nadie sabe para qué existe? Estamos todos inventando las reglas, aunque muchos se quedan en el intento o… muchos mueran por ello.
“Pero si es un juego, ¿por qué no siempre podemos hacer lo que queramos?” le preguntaba Luis quien al parecer se confundía más y más y no encontraba la solución a su problema. “La humanidad, es decir, nosotras las personas, tenemos existiendo miles de millones de años y este juego se inventó con la aparición del hombre mismo, es decir, hemos nacido, crecido y desarrollado en un mundo que ya está dado. Pero eso no significa que no puedas ser capaz de crear algo nuevo o cambiar ciertas reglas, todas las personas tenemos infinidad de capacidades, está en ti si las desarrollas o no. En muchas ocasiones nos han dicho a todos que sólo los poderosos pueden generar cambios, yo creo que no. Eres libre de crear con tu vida y existencia cuanto quieras”, comentaba Alberto. El tiempo, sin sentirlo, se había pasado y lo que era un día soleado comenzaba a tornarse oscuro, el día comenzaba a morir para darle vida a la noche. El viento era más frío, se podía sentir en cada uno de sus poros. Una que otra persona pasaba por donde ellos caminando como si fueran máquinas vivientes, sin expresión en el rostro, sin mirar a ninguna parte, como si estuvieran “muertos en vida”, como solía decir Luis en ocasiones. “¿Cómo te gustaría ser recordado cuando mueras, Luis?”, de pronto le preguntaba Alberto a Luis. “Nunca me he puesto a pensar en eso –respondió un poco triste-, supongo que únicamente me recordará la gente que me quiso, aunque quiero hacer grandes cosas y ser como sólo pocos, por desgracia, han sido. Quiero hacer tantas cosas con el mundo. En ocasiones me gustaría que todo el mundo se despertara y se sintiera feliz por ese sólo hecho. ¿Sabes? Me gustaría que la gente me recordara por lo que fui para ellos, nada más. Si te dijera cómo quisiera que pensaran sobre mí no sería objetivo, mejor que cada quien hable de mí como me percibe. Y a ti, ¿cómo te gustaría ser recordado?”. Alberto tampoco se había puesto a pensar en eso, él mismo había olvidado ya a muchas personas que murieron en el pasado, ¿sucedería lo mismo con él? “No lo sé, Luis. Ahora que lo comentas, pienso de la misma manera que tú, aunque supongo, en algún momento, seremos olvidados como muchas otras personas. Es parte de la evolución, nada es eterno”.
“¿Qué sucede con nosotros al morir?” preguntaba Alberto ahora al parecer no a Luis, sino al viento como esperando éste le respondiera algo. “Creo que físicamente desapareceremos, es un hecho, no somos especiales sólo por el hecho de que podemos pensar o razonar como otras especies no. No sé si haya una vida después de ésta y, sinceramente, no quiero perderme de esta para ir a investigar esa otra, ya llegará el momento en el que sólo yo, tú y cada uno de nosotros descubramos ese misterio, porque eso sí, no podremos venir al mundo de los mortales a contarles eso que estamos viviendo. Quizá, como alguna vez dijo Leonardo da Vinci estemos aprendiendo a morir, pues entonces vamos a ser expertos, disfrutemos cada segundo de vida, a cada persona con la que estemos, dejémonos de agobiar por situaciones que no significan nada. –Luis escuchaba atentamente y a cada palabra, era una reflexión- Es muy cierto eso de que la vida es como realmente te la tomas, todos hacemos de nuestra existencia lo que queremos”. Ahora la mirada de Luis Alberto era más clara, parecía que había encontrado la respuesta. De pronto, el viento comenzó a soplar con más fuerza, las aves volaban de un árbol a otro, algunos perros caminaban por las calles hacia ninguna dirección, todo parecía haber tomado su rumbo.
La noche, ahora en todo su esplendor y con la luna de testigo como lo había hecho desde siempre, cubría con su manto y frescura a Luis Alberto quien seguía sentado en la banca pensando en la vida, su vida…quien parecía no estar gobernado por el tiempo, sólo estaba disfrutando, viviendo…muriendo de la mejor manera: viviendo al máximo, percibiendo con todos los sentidos, respirando como nunca antes, viviendo como sólo pocos pueden hacerlo.
Como humanidad hemos estado en la búsqueda de respuestas, aunque quizá las respuestas no sean nada diferente a las preguntas. ¿Por qué no simplemente disfrutar y vivir? ¿Crear y sentir? La vida es lo que nosotros queramos que sea, no como nos han contado que es o tiene que ser. Ciertamente vivimos en un mundo que ya está dado pero, ¿acaso no somos capaces de cambiar nuestra realidad?
Quiero dedicar este escrito a todos aquellos valientes, seres vivos y que lo demuestran, que despiertan cada día agradecidos por el simple hecho de ser y estar vivos. A todos aquellos que, a cada paso, dejan su huella no sólo en el camino, sino en la vida de muchas más personas que, seguramente, les mantendrán vivos por los siglos de los siglos. También a todos aquellos que físicamente no se encuentran entre nosotros, a esos valientes que con sus vidas nos dejaron enseñanzas, experiencias, vivencias, su esencia. Siguen, de una manera especial, vivos en nosotros.
Feliz día de muertos, porque eso sí, esta celebración sólo es para los que estamos vivos.
Luis Mirkovich


